INFORMACIÓN Y SINOPSIS EN ESPAÑOL
 

 

ISBN: 9789022325414
Editorial: MANTEAU ,2011

   

HERIDAS ABIERTAS (Bloedbruiloft)

2015, Tau Editores, Cáceres

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Colección THE BLACK INN .  I.S.B.N.- 978-84-16398-08-9

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Traducíón: Rafael Lechner

 

 

BREVE RESEÑA DE LA NOVELA HERIDAS ABIERTAS

Por Rafael Lechner


 Bloedbruiloft es una novela policíaca que se desarrolla en Extremadura (y Berlín), en el mundo de la cría de los cerdos ibéricos, la producción de jamones exclusivos y en un ambiente de progresiva pérdida de las tradiciones que dieron fama al producto y sus efectos devastadores –y violentos– sobre la cultura local.

Wolfgang, Inspector Jefe recién jubilado de la brigada de homicidios de la policía berlinesa, se deja convencer a regañadientes por un amigo español de Berlín para acompañarle a su pueblo natal extremeño, donde el asesinato de un inspector de Sanidad mantiene en jaque a los habitantes. Al comandante de la Guardia Civil local le sienta como un tiro que Wolfgang y su amigo Esteban se inmiscuyan en el esclarecimiento de los hechos. Pese a todo, el alemán es un policia que desborda humanidad, y que aspira a poco más que disfrutar por fin de los placeres de la vida.

 Harto de tanta sangre y tragedia en su vida –profesional y personal– descubre el aparentemente apacible mundo de las dehesas extremeñas, con sus encinas y alcornoques, y con sus cerdos negros pastando bajo un sol de justicia, de donde salen los mejores jamones del mundo. Pero las apariencias engañan: detrás de un mercado en vertiginoso alza por la creciente demanda internacional de jamones cuya fama empieza a perjudicar su calidad, se esconde una realidad dura y violenta, plagada de fuertes tensiones, envidias, disputas y hasta asesinatos.

 El trasfondo humano es el de una familia –la de Esteban– llena de secretos inconfesables, y el de amores fracasados, no respondidos o nacientes. El brutal asesinato del veterinario Ricardo –el inspector de Sanidad– va revelando lo que se esconde detrás de la fachada aparentemente inocente de un pueblo productor de jamones ibéricos. Las miradas de los investigadores se adentran en un mundo donde se manejan fuertes sumas de dinero, donde las tentaciones por ganar dinero de forma indebida son grandes, y donde la sangre que corre no es solamente la de los cerdos de pata negra.

 La autora –holandesa que vive a caballo entre España, Alemania y Holanda– introduce a través del inspector de policía alemán una particular visión de las costumbres locales y la forma en que se relaciona la gente. Lo hace de manera certera: es una mirada crítica, pero cariñosa a la vez. El lector se reconocerá más de una vez en el espejo, con sorpresa, y tendrá la sensación de que podría ser un personaje más de la historia narrada.

 Bloedbruiloft, el debut de Ellen Gerretzen en el género policíaco, ha recibido buenas críticas en la prensa holandesa: “Un debut valiente con una novela policíaca robusta” […] “un debut exitoso que abre el apetito por leer la segunda entrega de las andanzas del Inspector Jefe Wolfgang”. Jos vWWW.THRILLERBOEK.NL;  “Un thriller lleno de tensión, con una ingeniosa trama, creíble y aun así exótica, una historia con la que el lector puede identificarse, como corresponde a una buena novela.” – PATRICK VANDENDAELE EN WWW.BOEK.BE;  “Su estilo nítido y sus personajes trabajados hacen de Bloedbruiloft un thriller de sólida factura nacional” – GIJS KOREVAAR EN EL DIARIO ALGEMEEN DAGBLAD; Bloedbruiloft demuestra que Ellen G. sabe escribir thrillers buenos y llenos de tensión.” – NATASCHA VAN DER STELT en WWW.CRIMEZONE.NL,

 

http://lecturafilia.com/2015/07/22/heridas-abiertas

"Esta novela tiene potencia, resulta adictiva, al tiempo que reflexiona sobre la idea de que el pasado siempre emerge, de que todos tenemos heridas abiertas que no cicatrizan del todo."

Lecturafilia, Tensy Gesteira

 

http://solonovelanegra.com/heridas-abiertas-resena

Una novela trepidante, sin minuto alguno de descanso en su narración. Una novela que invita a no abandonar su lectura, página a página, párrafo a párrafo en un irrefrenable deseo de conocer el desenlace, por otro lado insospechado.

Solo novela Negra, Victor Tander

 

http://lecturafilia.com/2015/12/05/entrevista-ellen-g-la-mente-humana-es-fascinante-y-a-mi-me-interesa-el-porque-de-los-crimenes

Entrevista de Tensy Gesteira

 

PERFIL DE LA AUTORA

Ellen Gerretzen (1960), también conocida como Ellen G. (así se suelen presentar en Holanda a los sospechosos de crímenes) vive y trabaja por turnos en España, Lissabon, Ámsterdam y Berlín, sus destinos favoritos. Bloedbruiloft es su debut. La segunda parte de esta novela, Schaduwspel (Juego de sombras) se publicó en abril de 2012; Verdorven (Depravado) salió en 2013 y Manzanilla, que se desarrolla en Sanlúcar de Barrameda, en el mundo de las bodegas, durante la Feria de la Manzanilla, en 2014. 

            Lleva visitando España desde hace una treintena de años: antes lo hacía en sus vacaciones, pero de una parte para aquí también reside en el país. Varios meses del año los pasa en Extremadura –escenario de su primer thriller– pero también frecuenta desde hace muchos años otros puntos de la geografía española, como Galicia, Cádiz, Madrid, Barcelona y Guadalajara. .

 

 

 

HERIDAS ABIERTAS

Extremadura

 

Un simple paseo matinal marcó el final de la vida de Ricardo Rodríguez.
Y eso que el día había empezado de maravilla con una mañana preciosa. Había bajado las ventanillas de su Landrover, disfrutando del aire fresco mañanero y del paisaje ondulante de las dehesas. Se sentía a gusto. La fiesta había seguido durante toda la noche y había sido un éxito. No sentía necesidad de ir casa y decidió dar un paseo a orillas del río, como hacía más de una vez por las mañanas.
Dirigió el vehículo por el camino de tierra que iba en paralelo al cauce y aparcó junto a la orilla.
Ricardo no era consciente de que alguien le vigilaba desde las frondosas sombras de los eucaliptos. Iba paseando tranquilamente entre los gruesos troncos, escuchando el murmuro en el denso follaje que se elevaba muy por encima de él. A Ricardo le gustaba mucho pasear por aquí, le daba paz el intenso sonido de las hojas mecidas por el viento y le ayudaba a pensar con más claridad. Últimamente, había habido muchas cosas en que pensar. Preocupaciones que se quitó de encima la pasada noche. Se detuvo para ver cómo desde la orilla se echaba a volar una cigüeña con un lento y anchuroso aleteo. Del agua se elevaba una leve capa de neblina que le daba al río un aspecto humeante. Fascinado, Ricardo observaba la misteriosa niebla blanquecina. No oyó los pasos a sus espaldas, ni vio la mano que se levantaba amenazante por encima de su cabeza. Durante un segundo todo pareció congelarse, como si la película se hubiera detenido un instante y los eucaliptos contuvieran la respiración mientras observaban el drama que se  desarrollaba a sus pies, pero la imagen volvió a moverse. La afilada punta penetró con un crujido nauseabundo por la parte trasera del cráneo de Ricardo, que se desplomó de bruces. La sangre viscosa y brillante, mezclada con fragmentos de masa encefálica de un color entre gris y blanco, salía a borbotones de entre su pelo oscuro e iba encharcando el lodo fluvial, tiñéndolo de rojo. La sangre corría como el agua en el río, rápida e irrevocable. La figura junto a la orilla susurró: «Lo estabas pidiendo a gritos», y mostró una sonrisa no muy agradable.
Así, mediante un impacto certero con un gancho, acabó prematuramente, el 9 de abril de 2010, a las nueve menos diez de la mañana, la vida de Ricardo Jesús Rodríguez Sánchez, de 40 años de edad, veterinario, casado, padre de dos hijos, junto al humeante río, a tiro de piedra de la frontera portuguesa.

 

Capítulo 1

 

No más sangre.
Era sorprendente que pudiera resumir en tres palabras el futuro que tan de sopetón se había abierto ante él. Se le ocurrió que tal vez era aún más extraño todo lo que decían esas mismas palabras sobre su pasado. Pero eso había quedado atrás. Se había decidido.
Wolfgang disfrutaba paseando ociosamente por las calles de Berlín. Le gustaba la primavera cuando volvían a brotar los majestuosos castaños y volvían a convertirse en verdes catedrales. Hasta los propios berlineses parecían haber renacido, más cínicos que nunca, con sus afilados comentarios sobre el mundo, la humanidad en general y Berlín en concreto. La ciudad ya no escondía ningún secreto para Wolfgang. Más que la cara bonita, conocía el otro lado, el oscuro, de la ciudad. La violencia en todas sus formas más descarnadas era el pan suyo de cada día, una parte inseparable de su vida. El mundo por el que se había movido en las últimas décadas le parecía uno donde la perversidad había ido en aumento, pero del que a pesar de todo no había logrado desentenderse. Durante todos esos años había estado convencido de que esto era su vocación, el único camino por donde seguir. Incluso cuando ocurrió lo indecible y la sangre de pronto se tiñó de otro color. Un color que casi pudo palpar. Incluso entonces había pensado que debía seguir.
Había sido el mayor error de vida.
Se sacudió el pensamiento de encima y deseaba poder hacer eso mismo con su pasado. El primer paso en esa dirección lo acababa de dar, una decisión que debería haber sido difícil, pero que resultó ser tan sencilla que inicialmente hasta le dio miedo. Había llegada el momento para dar el segundo paso y tenía la esperanza de que Esteban fuera a ayudarle.
Una mirada al reloj le dijo que aún era demasiado pronto. Antes de las once y media fijo que no, había dicho Esteban. Bueno, pues le daba tiempo a tomarse una cerveza antes de tomar el metro de regreso a Wilmersdorf. El primer vaso de cerveza de su nueva vida.
Se metió en una bocacalle, donde las vigorosas raíces de los tilos habían levantado sin orden ni concierto las baldosas de la acera, y sin vacilar se dirigió a la esquina donde las floridas letras Gitta, pintadas en las ventanas, no dejaban lugar a dudas sobre el nombre del café, ni sobre quién mandaba allí. Nada de palabras superfluas, así era Gitta. Wolfgang era desde hacía veinte años un asiduo de esta tasca de la esquina, o Eckkneipe como decían los berlineses, en el barrio de Neukölln, que para muchos vecinos era la prolongación de su propia sala de estar. Aquí venían pocas caras desconocidas. Saludó diciendo Buenas y dio la mano a los demás parroquianos antes de pedirse una cerveza, el ritual de siempre. Gitta estaba como de costumbre fumando sin parar detrás de la barra y le echó una mirada inquisitiva. Exhibía en el brazo superior izquierdo un tatuaje a tamaño real de la cabeza de un bulldog. Se lo había hecho hacía dos años, cuando dejó entrar a sabiendas de que no debería hacerlo al tembloroso original del calco, que desde entonces yacía junto a la barra y que padecía, igual que su ama, de obesidad. Ambos tenían una profunda manía al aire fresco y a moverse. Wolfgang no soportaba a los perros, pero sentía que ambos estaban hechos el uno para el otro.
–¿Qué pasa con mi cerveza, Gitta? Me estoy quedando deshidratado. ¿Esto es un café o un consultorio?
El parroquiano impaciente no era un desconocido para Wolfgang, era poco menos que residente en el café: divorciado, desempleado desde tiempos inmemoriales, xenófobo desde la caída del Muro que sentía un furibundo odio a los alemanes orientales, u Ossis, como decían ellos. Veía en los berlineses del este la causa fundamental de todos sus problemas y suspiraba con frecuencia por que volvieran a levantar el Muro. No era ni mucho menos el único en este barrio que albergara ese tipo de sentimientos, según sabía Wolfgang.
–El tiempo de espera prescrito aún no ha vencido –le espetó Gitta al sediento, rellenando el vaso de cerveza profesionalmente.
  –Te lo juro, un día me buscaré otro bar adonde ir todos los días. –No parecía que le impresionara a Gitta–. Llevas años diciéndolo, Johannes, pero no hay ni una otra tasca en todo Berlín donde puedas estar esperando tan a gusto a tu cerveza. Mueve tu grueso culo y cierra la puerta, a ver si va a entrar aire fresco.
Wolfgang seguía el intercambio desde un extremo de la barra, no era su sitio habitual. Gitta se le acercó, le puso la cerveza delante y le hizo un gesto interrogante con la cabeza.
–¿Qué, Señor Inspector Jefe, a ti qué te pasa?
–Ex Inspector Jefe –corrigió. Más palabras sobraban. Parecía que hubiera perfeccionado de repente el arte de decir mucho con pocas palabras. Gitta le lanzó aquella penetrante mirada que a él le hacía sentir como si pudiera ver dentro de su cabeza, y respondió secamente:
–Ya era hora.
No se dedicarían más palabras al asunto, lo sabía. Gitta conocía sus demonios. No dejaban atraparse por palabras, cuyo poder estaba en las imágenes que en pleno sueño le catapultaban los recuerdos a sus pesadillas, de las que despertaba por el vago eco de un grito del que intuía haberlo lanzado él mismo.
Quiso pagar, pero Gitta hizo un gesto impaciente con la mano.
–Esta va por cuenta de la casa, ¡ciudadano!
Wolfgang se sonrió y abandonó el café. Se fue tranquilamente hacia la estación de metro de la calle Karl Marxstrasse, tomando nota de la ciudad como nunca había hecho hasta ahora. Había cambiado su perspectiva de forma sutil, ahora las calles estaban para servirle a él. Disfrutaba de la gente variopinta alrededor suyo, mujeres con las cabezas cubiertas con un pañuelo que hablaban animadamente por el móvil, hombres que sentados en mesas en la calle estaban comiéndose un faláfel, una salchicha, comida china o tailandesa: la cocina oriental ya había llegado al barrio de Neukölln. Los bancos públicos los ocupaban hombres mayores que no abrían la boca. Wolfgang tenía la impresión de que observaban con resignación cómo cambiaba el mundo a su alrededor. Sentados en la acera, tres jóvenes tatuados y con un número incierto de anillos de plata en las orejas y cejas bebían latas de cerveza de medio litro, sin duda compradas en el súper. A mucha gente le parecería que tenían un aspecto amenazante, pero Wolfgang sabía que Berlín era una ciudad donde las apariencias solían engañar. Lo más probable es que fueran unos padres de familia bonachones, hombres con mujer e hijos y un trabajo. Siguió paseando lentamente, sintiéndose un turista. La Brigada de Homicidios jamás había estado tan lejos.
En la estación de metro estaban cerrándose, delante de sus narices, las puertas de la línea 7. Antes habría hecho un sprint al sonar la advertencia No suban más y se habría lanzado entre las puertas que se cerraban. Ya no. Este ciudadano no tenía prisas. Antiguo inspector jefe de la Brigada de Homicidios de Berlín, desde hoy con prejubilación, cincuenta y cinco años, una vida nueva por delante. No más sangre. Wolfgang sentía por primera vez que había recuperado la libertad. Sentía curiosidad por cómo se tomaría Esteban su propuesta. Miró el reloj. Ahora mismo lo iba a saber.

 

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